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Esto sucede ante la hora izquierda de mi vida,

aquí donde Roma es una aldea de roja cal dormida bajo las

rosas pútridas.

Sientes la vibración de los metales, el hedor de los escombros

y la grasa,

aquí tras la colina del Testaccio, donde ira y dolor son ráfagas

del cielo,

donde tras las máscaras del mundo el placer convida a la belleza

y la religión al vicio,

aquí donde el que come sal pisa la alfombra de manos de la

sed de un hombre

y la crueldad del crimen vale menos que el salario de la mancha

de ese crimen.

La juventud termina, hay medallas rotas en el fondo de los

sucios charcos,

el áspero martillo de los grillos blancos que empañará la plata.

No la probable risa de Macerl Schwob sino la muerte,

la que destinada a desaparecer oye por última vez las

Gymnopédies de Satie,

y junto a ella el que realquilado en la conciencia moral de la

casa de Pedro

vaga junto al indiferente entre las tumbas blancas,

allí donde el fiel ciudadano abre la arquilla de los deberes

y se encuentra al gato de las recompensas con la presa de los

silogismos del barro,

el anzuelo de los desaparecidos que respira en las cajas sin

música.

Pero ahora esta calle no conduce ya a ningún otro lugar que no

sea tu vida,

habitas este perímetro como vencedor de la nada ocupado en el

cultivo de raras obsesiones,

rodeado de objetos cuyo imán te retiene como una oscura

creencia,

como solitario deseo al finalizar la semana en el pensamiento

de los sacerdotes.

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