Home

PENSAMIENTOS DESORDENADOS ACERCA DEL AMOR A DIOS

No depende de nosotros creer en Dios, pero sí el no hacer objeto de nuestro amor a falsos dioses. En primer lugar, no hay que creer que el porvenir sea depositario de un bien capaz de colmarnos. El porvenir está hecho de la misma substancia que el presente. Es bien sabido que todo lo que se posee en cuanto a bienes, riquezas, poder, prestigio, conocimientos, amor de aquellos a quienes se ama, prosperidad de los seres queridos y otras cosas semejantes no basta para satisfacer a nadie. Pero se piensa que la satisfacción llegará por un incremento en la posesión de todas esas cosas; ahora bien, pensar así es mentirse a sí mismo. Si se reflexiona seriamente sobre ello por unos momentos, se comprende que es falso. De la misma forma, si se sufre a consecuencia de la enfermedad, la miseria o la desdicha, se cree que el día en que ese sufrimiento cese estará satisfecho. También esto es falso; en cuanto se está habituado a la ausencia de sufrimiento, se requiere otra cosa. En segundo lugar, no debería confundirse la necesidad con el bien. Hay cantidad de cosas que habitualmente se consideran necesarias para vivir. A menudo esa idea es falsa, pues se sobrevive a su pérdida. Pero incluso si fuera cierto, si su pérdida pudiese ocasionar la muerte o, al menos, un daño a la energía vital, no por ello serían bienes. Pues nadie se siente satisfecho durante mucho tiempo del hecho puro y simple de vivir. Se pretende siempre algo más. Basta no mentirse para saber que no hay nada en este mundo por lo que se pueda vivir. Basta imaginarse que todos los deseos encuentran su satisfacción. Al cabo de algún tiempo se estaría insatisfecho. Se querría otra cosa y se sentiría la desdicha de no saber qué se quiere.

De cada uno depende mantener la atención fija en esta verdad. Los revolucionarios, por ejemplo, si no se mintieran, sabrían que la realización de la revolución les haría desdichado, pues perderían así su razón de vivir. Lo mismo ocurre con todos los deseos.

La vida, tal como es, no resulta soportable a los hombres más que por la mentira. Quienes rechazan la mentira y, sin rebelarse contra el destino, prefieren saber que la vida es intolerable, acaban por recibir desde afuera, desde un lugar situado fuera dle tiempo, algo que permite aceptar la vida como es.

Todo el mundo siente el mal, le tiene horror y quisiera librarse de él. El mal no es ni el sufrimiento ni el pecado, es uno y otro a la vez, algo común a ambos, pues los dos están ligados; el pecado hace sufrir y el sufrimiento genera maldad, y esta mezcla indisoluble de sufrimiento y pecado es el mal en el que estamos a pesar nuestro, y estar en él nos horroriza.

Proyectamos una parte del mal que está en nosotros sobre los objetos de nuestra atención y de nuestro deseo. Y estos objetos nos lo devuelven como si el mal viniera de ellos. Por eso llegamos a sentir odio y asco por los lugares en los que nos encontramos sumidos en el mal. Nos da la impresión de que dichos lugares nos aprisionan en el mal. Es así como los enfermos llegan a odiar su habitación y su entorno, aun cuando esté configurado por seres queridos; así también como los obreros llegan a odiar la fábrica, etc.

Pero si mediante la atención y el deseo trasladamos una parte de nuestro mal hasta una cosa perfectamente pura, no nos devolverá el mal y nos libraremos así de él.

Somos seres finitos y el mal que está en nosotros es también finito; así pues, si la vida humana durara lo bastante, podríamos tener la certeza de que llegaría el día en que, por este medio y en este mundo, nos veríamos libres de todo mal.

Las palabras que componen el padrenuestro son perfectamente puras. Si se recita el padrenuestro sin otra intención que la de dirigir sobre estas palabras toda la atención de que se es capaz, se puede estar completamente seguro de quedar liberado de una parte, por pequeña que sea, del mal que se lleva dentro. Y lo mismo si se mira el santo sacramento sin más pensamiento que el de la presencia de Cristo; y otro tanto en circunstancias análogas.

Nada hay puro en este mundo salvo los objetos y los textos sagrados, la belleza de la naturaleza, si se contempla en sí misma sin tratar de alojar en ella las fantasías de cada cual, y, en un grado menor, los seres humanos en los que Dios habita y las obras de arte surgidas de la inspiración divina.

Lo que es perfectamente puro no puede ser otra cosa que Dios presente en esta vida. Si fuera algo distinto a Dios, no sería puro. Si Dios no estuviera presente, jamás podríamos ser salvados. En el alma en que se ha producido tal contacto con la pureza, todo el horror del mal que ese alma lleva en sí se transforma en amor por la pureza divina. Es así como María Magdalena y el buen ladrón han sido privilegiados del amor.

El único obstáculo a esta transmutación del horror en amor es el amor propio que hace penosa la operación de llevar la mancha al contacto con la pureza. Sólo se puede vencer el amor propio si tiene una especie de indiferencia respecto de la propia mancha, si es capaz de ser feliz con el pensamiento de que existe algo puro sin volver continuamente sobre sí.

El contacto con la pureza produce una transformación en el mal. La mezcla indisoluble de sufrimiento y pecado no puede ser disociada más que por ella. Por este contacto, el sufrimiento deja poco a poco de estar unido al pecado y éste, por su parte, se transforma en simple sufrimiento. Esta operación sobrenatural es lo que se llama arrepentimiento. El mal que se lleva en sí queda entonces como iluminado por la alegría.

Ha bastado con que un ser perfectamente puro se encontrase presente en la tierra, para que haya sido el Cordero divino que quita el pecado del mundo y para que la mayor parte posible del mal difuso a su alrededor se concentrara sobre él en forma de sufrimiento.

Ha dejado, a modo de recuerdo, cosas perfectamente puras, es decir, cosas en las que él se encuentra presente; de otro modo, su pureza se agotaría a fuerza de estar en contacto con el mal.

Pero no se está continuamente en las iglesias, y es particularmente deseable que esta operación sobrenatural de proyectar el mal fuera de sí pueda realizarse en los lugares en que se desarrolla la vida cotidiana y particularmente en los lugares de trabajo.

Esto no es posible sino por un simbolismo que permita leer las verdades divinas en las circunstancias de la vida cotidiana y del trabajo como se leen las frases por medio de las letras que sirven para expresarlas. Para ello es preciso que los símbolos no sean arbitrarios, sino que se encuentren escritos, por efecto de una disposición providencial, en la naturaleza misma de las cosas. Las parábolas del evangelio proporcionan un ejemplo de tal simbolismo.

De hecho, hay analogía entre las relaciones mecánicas que constituyen el orden del mundo sensible y las verdades divinas. Las gravedad que gobierna enteramente sobre la tierra los movimientos de la materia es la imagen del apego carnal que rige las tendencias de nuestra alma. La única fuerza capaz de vencer a la gravedad es la energía solar. Es esta energía, una vez ha descendido sobre la tierra y ha sido asimilada por las plantas, la que permite a éstas crecer verticalmente de abajo hacia arriba. Por la alimentación, penetra en los animales y en los seres humanos; sólo ella nos permite mantenernos en pie y levantar pesos. Todas las fuentes de energía mecánica, cursos de agua, carbón y muy probablemente el petróleo, proceden igualmente de ella; es el sol lo que hace girar nuestros motores, lo que impulsa los aviones y también lo que hace volar a los pájaros. No podemos ir a buscar esta energía solar, debemos limitarnos a recibirla. Es ella la que desciende, la que entra en las plantas, la que está con el grano enterrado bajo tierra, en las tinieblas; ahí despliega plenamente su fecundidad y provoca el movimiento de abajo hacia arriba que hace nacer el trigo y el árbol. Incluso en un árbol muerto, en una viga, es también esa energía la que mantiene la vertical. Con ella construimos nuestras casas. Ella es la imagen de la gracia, que desciende a enterrarse en las tinieblas de nuestras almas malas y constituye la única fuente de energía que contrarresta la gravedad moral, la tendencia hacia el mal.

El trabajo del agricultor no consiste en ir a buscar la energía solar, ni siquiera en capturarla, sino en disponerlo todo de modo que las plantas capaces de asimilarla y de trasnmitírnosla a nosotros la reciban en las mejores condiciones posibles. El esfuerzo que pone en este trabajo no procede de él, sino de la energía que ha dejado en él el alimento, es decir, esa misma energía solar contenida en las plantas y en la carne de los animales que se alimentan de las plantas. De la misma forma, no podemos hacer más esfuerzo hacia el bien que disponer nuestras almas a recibir gracia; y la energía necesaria para ese esfuerzo nos es proporcionada por la propia gracia.

Un agricultor es como un actor que interpreta un papel en el drama sagrado que representa las relaciones de Dios y la creación.

No es únicamente la fuente de la energía solar la que es inaccesible al hombre, sino también el poder que transforma esa energía en alimento. La ciencia moderna considera la substancia vegetal llamada clorofila como la sede de ese poder; la antigüedad le llamaba savia en lugar de clorofial, lo que viene a ser lo mismo. Así como el sol es a imagen de Dios, así la savia vegetal que capta la energía solar, que hace crecer derechos los árboles y las plantas contra la gravedad, que se nos ofrece para ser triturada y destruida en nosotros, a fin de mantener nuestra vida, esa savia es una imagen del Hijo, del Mediador. El trabajo del agricultor consiste en servir a esa imagen.

Es preciso que esa poesía envuelva el trabajo de los campos con una luz de eternidad. De otro modo, su monotonía conduciría fácilmente al embrutecimiento, a la desesperación, o a la búsqueda de las satisfacciones más groseras; pues la falta de finalidad que es la desdicha de toda condición humana se muestra ahí de forma demasiado visible. El hombre se agota en el trabajo para poder comer, come para tener fuerza para trabajar, y tras un año de esfuerzo todo está exactamente como en el punto de partida. Trabaja en círculo. La monotonía sólo es soportable al hombre por una iluminación divina. Pero por esta razón, una vida monótona es incluso mucho más favorable de cara a la salvación.

******

 

Este mundo es la puerta cerrada. Es una

barrera y, al mismo tiempo, es también el paso.

(Simone Weil, Cahiers, vol. III, p. 121).

LA PUERTA

Ábrenos ya la puerta y veremos los vergeles,

Beberemos de sus aguas frías que aún conservan la huella de la luna.

El largo camino arde hostil a los extraños.

A ciegas erramos sin encontrar el lugar.

Agobiados por la sed, queremos ver las flores.

Esperando y sufriendo, henos aquí delante de la puerta.

A golpes la abatiremos, si es preciso.

Golpeamos y empujamos, pero es demasiado firme.

Sólo nos queda languidecer, esperar y mirar en vano.

Contemplamos la puerta, cerrada, inconmovible.

Fijamos en ella nuestros ojos, llorando bajo tormento;

Sin dejar de mirar la puerta, el peso del tiempo nos abruma.

La puerta está ante nosotros; ¿de qué nos sirve querer?

Mejor marcharse y abandonar toda esperanza.

No entraremos jamás. Cansados estamos de verla…

La puerta, al abrirse, dejó pasar tanto silencio…

Ni flores ni jardines suntuosos;

Tan sólo el espacio inmenso donde están el vacío y la luz,

Se hizo de súbito presente y colmó el corazón,

Lavando los ojos casi ciegos por el polvo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s