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“Ya no creo en Dios”, me dije sin gran asombro. Era una evidencia: de haber creído en él no hubiera aceptado alegremente ofenderlo. Siempre había pensado que frente al precio de la eternidad este mundo no contaba; contaba puesto que yo lo quería y de pronto el que no pesaba en la balanza era Dios: para eso era necesario que su nombre sólo sufriera un espejismo. Desde hacía tiempo la idea que me hacía de él se había depurado, sublimado, hasta el punto que había perdido todo rostro, todo lazo concreto con la tierra, y poco a poco el ser mismo. Su perfección excluía su realidad. Por eso me sorprendí tan poco cuando comprendí su ausencia en el corazón y en el cielo. No lo negué para liberarme de un importuno: por el contrario, advertí que ya no intervenía en mi vida y comprendí que había dejado de existir para mí.

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De pronto todo callaba. ¡Qué silencio! La tierra giraba en un espacio que ninguna mirada atravesaba, y perdida sobre su superficie inmensa, en medio del éter ciego, yo estaba sola. Sola: por primera vez comprendía el sentir terrible de esa palabra. Sola: sin testigo, sin interlocutor, sin recurso. Mi respiración en mi pecho, mi sangre en mis venas, y ese barullo en mi cabeza, no existía para nadie. Me levanté, corrí hacia el parque, me senté bajo la catalpa entre mamá y tía Marguerite, a tal punto necesitaba oír voces.

Hice otro descubrimiento. Una tarde, en París, comprendí que estaba condenada a la muerte. Estaba sola en el departamento y no refrené mi desesperación: grité, rasguñé la alfombra roja. Y cuando me levanté atontada me pregunté: “¿Cómo hacen las demás personas? ¿Cómo haré?” Me parecía imposible vivir toda mi vida con el corazón retorcido por el horror. Cuando el vencimiento se acerca, me decía, cuando uno ya tiene treinta, cuarenta años y piensa: “¿Será mañana?” ¿Cómo se soporta? Más que la misma muerte temía ese espanto que pronto sería mío, y para siempre.

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Por cierto no lamentaba ser una mujer; por el contrario, sacaba de ello grandes satisfacciones. Mi educación me había convencido de la inferioridad intelectual de mi sexo admitida por muchas de mis congéneres. “Una mujer no puede esperar pasar la agregación antes de cuatro o cinco fracasos”, me decía la señorita Roulin que ya llevaba dos. Ese handicap daba a mis éxitos mucho más esplendor que a los estudiantes varones: me bastaba igualarlos para sentirme excepcional; en verdad, no había conocido a ninguno que me hubiera asombrado; el porvenir estaba tan ampliamente abierto para mí como para cualquiera de ellos: no poseían ninguna ventaja. Por otra parte no lo pretendían, me trataban sin condescendencia y hasta con particular gentileza, pues no veían en mí una rival; las muejres estaban calificadas en los concursos según sus capacidades como los varones, pero como las aceptaban como supernumerarias no les disputaban sus lugares.

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Había resuelto desde hacía tiempo consagrar mi vida a tareas intelectuales. Zaza me escandalizó declarando en tono provocativo: “Mandar nueve hijos al mundo como hizo mamá, vale tanto como escribir libros”. Yo no veía una medida común entre esos dos destinos. Tener hijos que a su vez tendrían hijos era repetir al infinito el mismo aburrido retómelo; el sabio, el artista, el escritor, el pensador creaban otro mundo luminoso y alegre donde todo tenía su razón de ser. Allí quería yo pasar mis días: estaba decidida a tallarme un lugar. Cuando hube renunciado al cielo mis ambiciones terrenales se acusaron: tenía que surgir.

 

 

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