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LA POSMODERNA

Mi musa moderna

enarca la pierna,

se cimbra, se ondula,

se comba, se achula,

con el ringorrango

rítmico del tango

y recoge la falda detrás.

RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN

Llevo toda la vida sin masticar, embuchando sin morder el desgaste de las cosas. Soy incapaz de hacer algo más si me entran ganas de emprenderla a tragantadas; inmediatamente palidezco del mareo y entonces voy, y al engullir, noto como si me subiera a lo más alto del monte Helicón y agitara los brazos así, eufórica de instante. Rápida. Luego vuelvo a mis cosas, desconcentrada, desconcertada, desalquilada. Enfadada, insatisfecha, insaciable.

Degluto el rastro de cualquier cosa que encuentre a mi paso: sombras tiradas en las aceras, restos mortales de los hijos que Cronos devora, alas de mosca, cartas rotas, botones, altillos de armario, tapas de yogur, currículos que voy encontrando en la basura, pellejitos de altramuz. Sin descanso trago billetes de vuelta usados, besos sin lengua, compresas de mar, trozos de temario, brozas de consejo. Lo socarrado de las paellas, el olvido del mundo, tildes diacríticas, la tizne de los cacharros que no friego. Pero solo un poco, un poco minúsculo, un micropoco. Porque tengo por glotis un trozo de pan tierno mojado en yema de huevo, no sé tragar profundidades. Tal vez sea ese el motivo de mi afición al vaso chato, a las liras chiquitas.

Padecer tragaderas y tenerlas tan pequeñas crispa la moral más que cualquier otro vicio, por muy lascivo que este sea. Aquí no hay lujuria de ménade que valga, habrá, yo qué sé, ansiedad, prisa, ojos abiertos, hipertensión, falta de redondeles.

Ya he probado con todos los propósitos de enmienda. Una pena. De nada servirán estos parches de campo, los paseos a lomos de mi centauro, el equipo de psicópatas, la flexiones de lengua. Remedio no hay. Deshabituarme implicaría quemar a llama azul esta casa con todos sus retales,

conmigo dentro.

Llevo mal de esta situación que el polvo no tenga colores. Y me lo tengo que comer, como el cocido sin sal de la abuela, como un pezón sin henna, como un domingo entre cuatro paredes sin decorar.

Con todo, sigo en lucha. Desde hace unos meses Dioscórides, mi doctor -una eminencia- me recomienda tomar cada semana infusiones de azafrán, juntar los pies al vivir, regresar, y me receta a mala letra el alivio a mi garganta:

POETAS

(masticables)

Pierde el tiempo y gano ganglios: siempre me acabo tragando a algún rapsoda, que luego se me repite y me recita dentro, en alta voz. Ando atronada.

**********

CAMBALACHE

Ayer me encontré unos labios dentro de la cama,

me sorprendí, para mí lo normal es dar con un calcetín naufragado entre las sábanas o con un peluche a la deriva. Eran unos labios casi bobos y finillos, como de cualquiera, que ni suspiraban ni sonreían ni nada. De repente noté que se movían, que sí, que seguían vivos. Con mucho disimulo me descalcé la zapatilla para matarlos. Pero no tuve corazón para soltarles el alpargatazo, no tuve corazón…

Busco víscera roja, de tamaño como el puño, con varias arterias y otros complementos. Me fue hurtada el otro día por un hombre desbocado. Regalo a cambio labios mudos, seminuevos. Razón, aquí. Llamar noches.

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