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Creo que, al menos en su fuero íntimo, los traductores profesionales serios se ven a sí mismos -perdónenme, quiero decir a nosotros mismos- como escritores, por más que se nos crucen otras cuestiones en nuestras mentes cuando reflexionamos acerca del trabajo que hacemos, y también  creo que estamos en lo correcto al considerarnos escritores. ¿Es esto puro atrevimiento, una especie de vertiginosa inmodestia de nuestra parte? ¿Qué hacemos exactamente los traductores literarios para justificar la idea de que el témino “escritor” se aplica realmente a nosotros? ¿No somos acaso simplemente las doncellas y los caballeros anónimos de la literatura, los agradecidos, siempre obsequiosos servidores de la industria editorial? En los términos más resonantes aunque decorosos  de los que me puedo valer, la respuesta es no, porque la descripción más básica de lo que los traductores hacen  es que escribimos -o tal vez reescribimos- en el idioma B una obra de literatura originalmente compuesta en el idioma A, esperando que los lectores del segundo idioma -me refiero, desde luego, a los lectores de la traducción- perciban el texto, emocional y artísticamente, de un modo que equivale y corresponde a la experiencia estética de sus primeros lectores. Ésta es la magnífica ambición del traductor. Las buenas traducciones se aproximan a ese propósito. Las malas traducciones nunca salen de la línea de partida.

 

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La realidad innegable es que cuando la transmutamos a un segundo idioma, la obra se vuelve obra del traductor (aunque de manera simultánea y misteriosa sigue perteneciendo al autor original). Tal vez  _transmutar_ sea el verbo equivocado; lo que hacemos no es un acto de magia como el de transformar metales viles en metales preciosos, sino el resultado de una serie de decisiones creativas y de actos imaginativos de crítica. En el proceso de traducir, intentamos oír la primera versión de la obra tan profunda y completamente como sea posible, esforzándonos por descubrir la carga lingüística, los ritmos estructurales, las implicaciones sutiles, las complejidades de significado sugeridas por su vocabulario y fraseo, así como el ambiente, las inferencias culturales y las conclusiones que estas tonalidades nos permiten extrapolar. Se trata de un tipo de lectura tan profundo como puede llegar a serlo un encuentro con un texto literario.

 

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La idea de fidelidad se basa en que la obra traducida debe lograr el efecto de originalidad y ello implica, por consiguiente, que la segunda versión de la obra debe acercarse lo máximo posible a la intención del primer escritor. La devoción de un buen traductor a esa meta es inquebrantable. Pero lo que nunca debería olvidarse o pasarse por alto es el hecho obvio de que lo que leemos en una traducción es la escritura del traductor. La inspiración es la obra original, por cierto, y los traductores literarios  reflexivos se acercan a esa obra con gran diferencia y respeto, pero la ejecución del libro en otro idioma es la tarea del traductor, y esa obra debería ser juzgada y evaluada en sus propios términos.

 

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James Wood, New Yorker del 26 de noviembre  de 2007:

“Los traductores literarios tienden a dividirse entre los que podrían llamarse originalistas y activistas. Los primeros honran las sutilezas del texto original, y se esfuerzan por reproducirlas lo más precisamente  posible en el idioma traducido; los segundos se preocupan menos por la precisión literal que por el atractivo musical que se ha trasladado a la nueva obra. Cualquier traductor decente tiene que ser un poco de ambos. (…) La traducción no es un traslado de significado de un idioma a otro, escribe Pevear, sino un diálogo entre dos idiomas”.

 

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La fidelidad es el propósito noble, el ideal utópico del traductor literario, pero insisto: la fidelidad tiene poco que ver con lo que se llama significado literal.

 

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A veces, a cierta altura en la traducción de un libro, he tenido la fortuna de dar con el punto óptimo, cuando puedo empezar a imaginar que el autor y yo hemos comenzado a hablar juntos: nunca al unísono, por cierto, sino en una especie de armonía satisfactoria. En esas instancias es como si pudiera oír la voz del autor en mi mente hablando en español al mismo tiempo que logro encontrar un modo de hablar  la obra en inglés. La experiencia es estimulante, simbiótica, por cierto metafórica y absolutamente crucial si voy a hacer lo que debo hacer: meterme de algún modo en la cabeza del autor y detrás de sus ojos y recrear en inglés las percepciones lingüísticas que el autor tiene del mundo.

 

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Alastair Reid:

 

LO QUE SE PIERDE

Traduzco continuamente

entre palabras que no son las mías

de palabras a mis palabras.

Y, finalmente, ¿de quién es el texto?

¿Del escritor o del traductor

o de los idiomas?

Somos fantasmas, nosotros traductores, que viven

entre aquel mundo y el nuestro.

Pero poco a poco me ocurre

que el problema no es cuestión

de lo que se pierde en traducción

sino lo que se pierde

entre la ocurrencia -sea de amor o de desesperación-

y el hecho de que llega

a existir en palabras.

Para nosotros todos, amantes, habladores

el problema es ése.

Lo que se pierde

no es lo que se pierde en traducción sino

lo que se pierde

en el hecho, en la lengua,

en la palabra misma.

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