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Es odioso el reencuentro brusco con la guerra, pienso brevemente en ellos que deben de estar allá. Es odioso. Nos asomamos por la ventana, la gente va, andando, corriendo, hacia los refugios; el cielo es de un bello azul estrellado y hay luna llena. Bajamos hasta la porteria, la portera ya se ha puesto su máscara; volvemos a subir convencidas de que ha sido una falsa alarma. Gegé y Pardo siguen nerviosos; Gegé no encuentra su batín, Pardo opina que hay que irse cuanto antes de París. Son las cuatro. Me duermo profundamente hasta las siete, hora en que el toque me despierta. La gente va saliendo de los refugios. Pasan dos especies de locas con batas de andar por casa floreadas y ropa interior en la cabeza, supongo que a guisa de máscara. Un tipo pasa en bicicleta, máscara de gas en ristre y les grita: “¡Eh, cerdas!”.

 

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Por momentos, el miedo hiere como un látigo, provocando un sentimiento aún más terrible  y más difícil de soportar. Los recuerdos se evaporan en la sequía del corazón. Saber que se puede decir, que se puede escribir: “El pequeño Bost ha muerto” me hace sentir deseos de salvarme gritando. Sé que nunca llegaré a decir: “Sartre ha muerto”.
Los comunicados no transmiten nada nuevo. “Las operaciones militares se desarrollan con normalidad”. ¿Ha habido ya algún muerto?
Y esto va a ser así durante días.

 

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Como un pánico, esta mañana me ha poseído un deseo de huir de la calma, de reemprender algo. Con la esperanza vaga, después de la carta de Sastre, que podía ir a verle a Marmoutier; con el miedo resucitado, y la impaciencia, y la agitación, he decidido partir y a las siete de la tarde me han llevado a Angers. Estoy en el café, junto a la estación. ¡Qué siniestro me parece todo esto! Quería ir al cine, he estado en un barrio cuartelario, con putas que interpelaban a los soldados y los bistrós llenos de militares; he dudado mucho rato antes de entrar en el café donde he leído Marianne. No había sesión de cine. He regresado por esas calles que me daban miedo. Es de nuevo la guerra en mí, alrededor de mí, y una angustia que no sabe dónde posarse.

 

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Empiezo a escribir a Sartre. Me sobrevienen unos terrible sollozos, realmente percibo que es la guerra, por mucho tiempo, que no volveré a verle antes de que pase tiempo y tiempo. Me siento tan infeliz… He  llorado  profunda y largamente; cuando me he lavado los ojos y me he arreglado la cara para bajar a cenar y a pasar un rato en el Dome, he experimentado una extraña sensación:  me he visto a mí misma “entrando en el Dome con lo ojos todavía hinchados de las lágrimas”, me ha dado tanta sensación de apremio…, parecía la típica mujer de los tiempos de guerra. Y era yo. Desde el fondo del tiempo y del espacio he pensado: “Me está ocurriendo a mí”, y algo de mí escapaba de la historicidad. Era existencial pese a que también era el desdoblamiento de un loca.

 

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La idea de morir no me parece tan escandalosa después de este año; lo que resulta más terrible cuando se hace el recuento es la reflexión  que se ha extraído sobre la vida; la desolación, el abanadono en el que parece ahogarse la vida. Resulta tan desalentador que vivir y morir no parecen realidades tan distintas; que de cualquier modo nunca somos más que seres destinados a la muerte. Tampoco puedo decir que tenga deseos o necesidad de ver a Sartre. En el estado en el que me encuentro no hay lugar para desear otras cosas. Lo que veo venir es una revolución total del mundo –tan brutal que casi me da pereza pensarlo- la idea se dirige mal porque provoca confusión e incredulidad a la vez.

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