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REY.-Es una hermosa acción que enaltece vuestros sentimientos, Hamlet, el rendir a vuestro padre ese fúnebre tributo; mas no debéis ignorar que vuestro padre perdió a su padre, quien perdió también al suyo, y que el superviviente queda sujeto, por cierto término, en obligación filial, al duelo fúnebre; pero perseverar en obstinado desconsuelo es una conducta de impía terquedad, es un pesar indigno del hombre; muestra una voluntad rebelde del cielo, un corazón débil, un alma sin resignación, una inteligencia limitada e inculta. Pues si sabemos que esto ha de suceder necesariamente y que es tan común como la cosa más vulgar de cuantas se ofrecen a nuestros sentidos, ¿por qué, con tan terca oposición, hemos de tomarlo tan a pecho? Vaya. Ese es un pecado contra el cielo, una ofensa a los muertos, un delito contra naturaleza, el mayor absurdo ante la razón, cuyo tema común es la muerte de los padres, y que desde el primer difunto hasta el que muere hoy no ha cesado de exclamar: “Así ha de ser”.

 

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Duda que hay fuego en los astros;

duda que se muere el sol;

duda que lo falso es cierto;

mas no dudes de mi amor.

Oh, querida Ofelia. Mala maña me doy con estos versos; carezco de arte para medir mis gemidos; pero te amo en extremo. Oh, hasta el último extremo, créelo.

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