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Mi punto de vista quería ser lo menos apasionado posible, y era este: que los dos bandos tenían la razón. Someterse implicaba perder las libertades que nos habían regido durante mil años, convertirnos en una provincia más de Castilla y su imperio, compartir el yugo de sus gentes, sufrir una represión despiadada. Resistir, tal y como pregonaban los felpudos rojos, ruina y masacre. Se trataba de escoger entre dos opciones igualmente malas.

 

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Según una de nuestras constituciones más antiguas, los catalanes solo estaban obligados a luchar por el rey “en caso de ataque y en defensa de Cataluña”. En otras palabras: Madrid no tenía derecho a reclutar carne de pólvora para sus guerras en Flandes, las llanuras de los patagones o cualquier apestoso rincón de la Florida. Y en cuanto a los capitales recaudados, la cifra que los catalanes aportaban a la corona tenía que ser aprobada por sus propias Cortes. Acostumbrados al régimen despótico de Castilla, los reyes asentados en Madrid encontraban intolerable, bochornoso, que la parte más rica de la Península no aflojara cuando estaban en guerra con medio mundo.

Vaya memez. En el siglo xv se habían unificado las coronas, no los reinos; un rey para todos, nunca un mismo gobierno, y jamás bajo el yugo de Castilla. Ese era el acuerdo. En Castilla, esa independencia siempre se vio como un fastidio, y luego como pura traición (…). Una de las partes se había olvidado de sus compromisos, la otra cada día se sentía más oprimida.

 

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Su régimen autocrático, que antes o después aplicaría a las Españas, anularía cualquier poder autóctono. Al decidirse Castilla por el Felipito, el conflicto no tenía vuelta atrás. Por reacción, Cataluña optó por el archiduque Karlangas de Austria como aspirante al trono español. (O por el maharajá de Cachemira, si hubiera presentado sus credenciales, cualquier cosa antes que un Borbón francés.)

Y ya basta. Pero ahora quizá se entienda mejor el panorama peninsular del 1700. Para los catalanes, España solo era el nombre que se otorgaba a una confederación libre de naciones; los castellanos, en cambio, en la palabra España veían una prolongación imperial del brazo de Castilla. O dicho de otra manera: para los castellanos España era el gallinero y Castilla su gallo; para los catalanes España solo designaba el palo del gallinero. He aquí una tragedia. De hecho, cuando un catalán y un castellano empleaban la palabra “España” se estaban refiriendo a dos ideas opuestas, de ahí que los extranjeros no entendieran nada de nada. Ven lo que les decía. En realidad España no existe; no es un sitio, es un desencuentro.

 

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Cuando llegó su turno, Ferrer se puso de pie y dijo:

-Pregunto: es otra Cataluña de la que era en otros tiempos? No dan nuestras Leyes y Privilegios facultad para oponerse a los castellanos que injustamente quieren orpimirnos? Qué motivo tiene el Borbón para oprimirnos con tanto rigor, queriendo de nuestros pueblos francos y libres hacernos nación del todo sujeta y esclava? Quién, pues, podrá que queramos consentir que se entronice sobre los catalanes la vanidad y violencia castellana, para hacernos servir con la misma ignominia con que hacían servir los indios?

-Locos, irresponsables -replicaron los partidarios de los felpudos rojos-. Vais a traer la desgracia a la nación toda.

Quiero ser ecuánime. Nunca firmaré qur todos los nobles que votaron por la sumisión fuesen unos vendidos. En absoluto. De hecho, había motivos más que razonables para no oponer resistencia. Nos habían abandonado, nos atacaba todo el poder de las Dos Coronas, los imperios de Francia y España coaligados. Votar por una solución negociada, por poco que a esas alturas se pudiera obtener de ella, no implicaba necesariamente estar al servicio del Felipito.

 

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En la mentalidad del común de los catalanes anida un principio moral único, tan defectuoso como enternecedor: siempre están seguros de tener la razón de su parte. No son el único pueblo a quien le pasa. Lo extraordinario del caso catalán es lo que deducen de ello: puesto que tienen la razón, el mundo acabará por dársela. Naturalmente, las cosas son así. El movimiento de un tren de artillería no lo generan las verdades, sino los intereses, y estos no se debaten: se impoenen o se aplastan.

 

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Creía yo que escribiendo este libro me libraría del peso de la memoria. Desaguar mis traiciones en las páginas, redimirme con la verdad. Pensé, oh, vanidad, que honrado con tinta a esos hombres y mujeres que lucharon por su libertad y contra toda esperanza, mis miserias se verían paliadas. Pero la tarea es imposible, ahora lo comprendo. Y por qué. Por esa idea tan fugaz, tan bastarda, que tenemos de lo heroico. Exaltamos por héroe prototípico a un Aquiles con penacho. Lo vemos, victorioso, alzando la espada sobre un Héctor caído. Pero qué imagen épica podemos  encumbrar de unos tipos sucios, perfectamente vulgares en sus oficios y vidas cotidianas. Lo heroico no es un acto, es la constancia; no es un punto luminoso, sino una fina línea, indestructible en su modestia; ese subir a las murallas atacadas, un día, y el siguiente, y el siguiente. Ir de tu casa al infierno, volver al hogar, y a la madrugada reincorporarte a la muerte. Y puesto que la heroicidad era moneda común, nadie era un héroe ante sus semejantes. Pero eso mismo es lo que daba altura a su grandeza. Los héroes, como los traidores, envejecen. Los inmoladores permanecen, la gloria es suya. No puede haber vivos gloriosos, pues solo a la muerte le es dado fijar la estampa de lo inmortal.

 

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Y descubrir, al fin del último extremo, más allá de Éufrates y Rubicones, sin lloros, oh, grandeza y consuelo de los pocos pobres, de los débiles y desdichados, que cuanto más oscuro sea nuestro crepúsculo más dichoso será el amanecer de los que están por venir.

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