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EL AÑO DE LOS ESPAGUETIS

1971 fue el año de los espaguetis.

En 1971 yo hacía espaguetis para vivir y vivía para hacer espaguetis. El vapor que se alzaba de la olla de aluminio era mi orgullo, la salsa de tomate que se cocía a fuego lento en la cazuela haciendo chup, chup, mi esperanza.

(…)

En principio, yo hacía los espaguetis solo y me los comía solo. Podía resultar que, por una u otra razón, tuviera que comer acompañado, pero yo prefería mil veces comérmelos solo.

Para empezar, en aquella época, yo estaba convencido de que los espaguetis eran un plato para degustarlo solo. Aunque no tengo la menor idea de por qué creía eso.

(…)

Los días de los espaguetis se sucedían uno tras otro, de domingo a sábado, y al terminar volvía a iniciarse, a partir del nuevo sábado, un nuevo ciclo de días de los espaguetis.

Mientras comía espaguetis solo, a menudo me daba la sensación de que alguien estaba a punto de llamar a la puerta y de entrar en casa. Eso me sucedía especialmente las tardes lluviosas. El visitante difería según la ocasión. Una veces era un desconocido y otras alguien a quien había visto alguna vez. O una chica de piernas delgadas con quien había salido en una ocasión cuando iba al instituto, o yo mismo, tal como era hacía unos años…

Los espaguetis nacieron dentro del vapor de agua, descendieron el declive de 1971 como la corriente de un río y desaparecieron.

Lo lamento por ellos.

Los espaguetis de 1971.

 

Cuando a las tres y veinte minutos de la tarde sonó el teléfono, yo estaba tumbado sobre el tatami con la vista clavada en el techo. Los rayos de sol invernal formaban una isla de luz justo donde yo estaba tendido. Me había quedado distraídamente tumbado, durante horas, dentro de la luz de diciembre de 1971, como una mosca muerta.

(…)

-Lo siento -me disculpé.

-Oye, yo a ti te caigo mal, verdad -me espetó de repente.

No supe qué responderle. Yo no sentía por ella ninguna antipatía en especial. En primer lugar, porque no tenía una impresión de una persona que no te produce impresión alguna.

-Lo siento -repetí-. Es que ahora tengo los espaguetis al fuego.

-Ah, sí.

-Estoy haciendo espaguetis -mentí. No sé cómo se me ocurrió soltarle eso. Pero esa mentira me pareció muy convincente. Tanto que ni siquiera me dio la sensación de que estuviera mintiendo.

Metí un agua imaginaria dentro de la olla, encendí un fuego imaginario con unas cerillas imaginarias.

-Y entonces qué -dijo ella.

Metí una pizca de sal imaginaria en el agua hirviendo, eché con cuidado un puñado de espaguetis imaginarios y programé a veinte minutos el cronómetro de cocina imaginario.

-Ahora no puedo hablar contigo. Se me pegarían los espaguetis.

Ella se calló.

-Lo siento, pero es que hervir espaguetis es una operación muy delicada.

Ella se calló. En mi mano, el auricular empezó a descender la pendiente del bajo cero.

Precipitadamente, añadí:

-Podrías llamarme más tarde.

-Porque tienes los espaguetis al fuego.

-Sí, exacto.

-Esos espaguetis, los haces para alguien o son para comértelos tú solo.

-Para comérmelos yo solo -respondí.

Ella contuvo el aliento. Luego aspiró despacio una bocanada de aire.

-Seguro que tú no lo sabes, pero me encuentro en un apuro muy serio. Y no sé qué hacer.

-Siento no poder ayudarte -dije.

-También es una cuestión de dinero.

-Ah, sí.

-Quiero que me devuelva un dinero -dijo-. Le presté dinero. No tenía que haberlo hecho. Pero no pude evitarlo.

Permanecí unos instantes en silencio, pensando en los espaguetis.

-Lo siento -repetí.

-Pero tienes los espaguetis al fuego.

-Sí.

Ella se rió sin fuerzas.

-Adiós. Y recuerdos a tus espaguetis. Espero que estén buenos.

-Adiós -dije yo también.

Al colgar, la isla de luz del suelo se había desplazado unos centímetros. Volví a tenderme dentro y alcé los ojos hacia el techo.

A mí me parece que es triste pensar eternamente en un puñado de espaguetis que no se van a hervir nunca.

Ahora me arrepiento un poco de no haberle dicho a aquella chica lo que quería saber. Total, el tipo no era nada del otro mundo. Un tipo superficial, sin ningún contenido, que se creía un artista. Un sujeto con mucha labia del que casi nadie se fiaba. Y quizás ella necesitaba el dinero. Además, el dinero que te han prestado, sea como sea, tienes que devolverlo.

Qué habría sido de ella. A veces pienso en ello. Por lo general, mientras como espaguetis. Desapareció, realmente, después de colgar, absorbida por las sombras de las cuatro y media de la tarde. Tuve yo, en ese caso, parte de la culpa. Pero quiero que me comprendas. En aquella época, yo no quería mantener ninguna relación con nadie. Justamente por eso iba haciendo yo solo espaguetis un día tras otro. En aquella enorme olla donde habría cabido un perro pastor alemán.

 

Durum semolina.

Un trigo dorado que crece en los campos de Italia.

Los italianos se habrían quedado estupefactos si hubieran sabido que lo que exportaban en 1971 no era más que soledad.

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