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Una persona -debería decir desconocida-

que te acaricia, te hace bromas, es dulce contigo y te

lleva hasta la orilla de un precipicio. Allí, el perso-

naje dice ay o empalidece. Como si estuviera dentro

de un caleidoscopio y viera el ojo que lo mira. Colo-

res que se ordenan en una geometría ajena a todo lo

que tú estás dispuesto a aceptar como bueno. Así

empieza el otoño, entre el río Oñar y la colina de las

Pedreras.

**********

“Esto podría ser el infierno para mí.” El caleidosco-

pio se mueve con la serenidad y el aburrimiento de

los días. Para ella, al final, no hubo infierno. Sim-

plemente evitó vivir aquí. Las soluciones sencillas

guían nuestros actos. La educación sentimental sólo

tiene una divisa: no sufrir. Aquello que se aparta

puede ser llamado desierto, roca con apariencia de

hombre, el pensador tectónico.

**********

Una persona te acaricia, te hace bromas, es dulce

contigo y luego nunca más te vuelve a hablar. A

qué te refieres, a la Tercera Guerra? La desconocida

te ama y luego reconoce la situación matadero. te

besa y luego te dice que la vida consiste precisa-

mente en seguir adelante, en asimilar los alimentos

y buscar otros.

Es divertido, en el cuarto, además del reflejo

que lo chupa todo (y de ahí el hoyo inmaculado),

hay voces de niños, preguntas que llegan como des-

de muy lejos. Y detrás de las preguntas, lo hubiera

adivinado, hay risas nerviosas, bloques que se van

deshaciendo pero que antes sueltan su mensaje lo

mejor que pueden. “Cuídate.” “Adiós, cuídate.”

**********

40. Soñé que una tormenta de números fantasmales

era lo único que quedaba de los seres humanos tres

mil millones de años después de que la Tierra hu-

biera dejado de existir.

**********

41. Soñé que estaba soñando y que en los túneles de

los sueños encontraba el sueño de Roque Dalton: el

sueño de los valientes que murieron por una quime-

ra de mierda.

**********

50. Soñé que después de la tormenta un escritor

ruso y también sus amigos franceses optaban por la

felicidad. Sin preguntar ni pedir nada. Como quien

se derrumba sin sentido sobre su alfombra favorita.

**********

53. Soñé que volvía a los caminos, pero esta vez ya

no tenía quince años sino más de cuarenta. Sólo po-

seía un libro, mientras iba caminando, el libro comen-

zaba a arder. Amanecía y casi no pasaban coches.

Mientras arrojaba la mochila chamuscada en una

acequia sentí que la espalda me escocia como si tu-

viera alas.

 

 

 

 

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