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Esta casa estuvo dedicada a la labranza y la muerte.

En su interior cunden las ortigas, pesan las flores

sobre las maderas atormentadas por la lluvia.

**********

Era veloz sobre la yerba blanca.

Un día sintió alas y se detuvo para escuchar en otra

edad. Ciertamente, latían pétalos negros, pero en vano;

vio a los duros zorzales alejarse hacia ramas afiladas

por el invierno

y volvió a ser veloz sin destino.

**********

Hay una hierba cuyo nombre no se sabe; así ha sido mi

vida.

Vuelvo a casa atravesando el invierno: olvido y luz

sobre las ropas húmedas. Los espejos están vacíos y en

los platos ciega la soledad.

Ah la pureza de los cuchillos abandonados.

**********

La obscenidad entró en mis huesos y, más tarde, aquel

aceite sigiloso, el que prepara el corazón.

Ahora vendrán los días de las grandes milongas.

**********

El mirlo en la incandescencia de tus labios se extingue.

Yo siento en ti grandes heridas y te desnudas en mis

fuentes.

Se extingue el mirlo en las alcobas blancas donde soy

ciego, donde, algunas veces, suenan en ti grandes

campanas.

**********

Nuestros cuerpos se comprenden cada vez más tristemente,

pero yo amo esta púrpura desolada.

Ah la flor negra de los dormitorios, ah las pastillas del

amanecer.

**********

Ha venido tu lengua; está en mi boca

como una fruta en la melancolía.

Ten piedad en mi boca: liba, lame,

amor mío, la sombra.

**********

He envejecido dentro de tus ojos; eras la dulzura y el

exterminio y yo amé tu cuerpo en sus frutos nocturnos.

Tu inocencia es como un cuchillo delante de mi rostro,

pero tú pesas en mi corazón y, como una miel oscura,

yo te siento en mis labios al ir hacia la muerte.

**********

Tu cabello encanece entre mis manos y, como aguas

silenciosas, nos abandonan los recuerdos. Siento la

frialdad de la existencia pero tu olor se extiende en las

habitaciones y la lascivia vive en mi corazón y entra

mi pensamiento en tus heridas.

**********

El animal del llanto lame las sombras de tu madre y tú

recuerdas otra edad: no había nada dentro de la luz;

sólo sentías la extrañeza de vivir. Luego venía el

afilador y su serpiente entraba en tus oídos.

Ahora tienes miedo y, de pronto, te embriaga la

exactitud: la misma fístula invisible está sonando bajo

tu ventana: ha venido el afilador.

Oyes la música de los límites y ves pasar al animal del

llanto.

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