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LÍNEAS DE FUGA

Huir lejos del odio y sus madrigueras

encendidos de pasión y búsquedas.

Huir por desesperaciones y refugios

con un equipaje de amor y desasosiego.

Huir hacia una hora sin puntos cardinales,

como equilibristas por el fino cordel de la cordura

o como mendigos que persiguen

un merecido corazón sobre la tierra.

Huir guiados por brújulas rotas.

Huir confiando en la fuga.

Huir para encontrarnos.

**********

MIGUEL MIHURA PREPARA  EL DISCURSO DE INGRESO EN LA ACADEMIA EN 1972

La vida, ese juego tan serio,

se me fue sin hacer nada.

Si acaso, lo justo para seguir jugando.

Perseguí, eso sí,

los goces pasajeros -otros no conozco-

con ahínco y con tristeza

-pompas de jabón, pasiones

de porcelana y de llovizna-,

y, en fin, alguno que otro obtuve

y puse cuanto pude en disfrutarlos.

Por lo demás,

el mundo me falló como acostumbra.

Fui, como todos,

un funambulista por el filo,

un merodeador de tantas cosas,

una nota a pie de página

de un libro incomprensible.

Me agoté caminando y, al cabo,

poco útil aprendí por el camino:

tres o cuatro fruslerías

en este siglo feo de chatarra y crimen.

Quizás, por ejemplo

-y disculpen las molestias-,

que sólo el humor permanece,

que sólo la ternura se aproxima a la verdad,

que sólo el amor podría salvarnos.

Respetable auditorio:

en este juego se pierde siempre,

la banca arrastra con todo aquello que apostamos

indiferente a nuestros rostros

de ilusión o de esperanza.

Esta ridícula partida,

esta aventura pequeña,

se pasa casi sin tiempo de contarla

o de entenderla.

Poco más tenía que decirles.

Poco más.

Qué vida más extraña

y qué torpes jugadores

**********

JOSÉ MARÍA GÓMEZ VALERO RECIBE EL ACCÉSIT DEL PREMIO CIUDAD DE LEPE, EN LEPE (HUELVA)

¡Qué pequeño, qué frágil es un poema

y cuán a la intemperie!

Y, sin embargo, cuánto he vivido,

cuánto he muerto en estos versos.

Sabedlo: en cada uno he perseguido

la verdad de una culpa, de una herida,

de un latido, de una angustia, de un amor;

¡Ay, estaba siempre tan cerca de alcanzarla!

Pero se me perdía, o escapaba,

o no quería brotar.

Amigos, un poeta sirve para poco:

para explicar la luz de un fuego que huye,

para aprender la ignorancia de las cosas,

para prolongar, página a página,

los hermosos misterios del mundo,

sus terribles asaltos y acechanzas.

A pesar de los esfuerzos de su voz

y de su sangre, como veis

un poeta -al menos este-

es poco productivo.

Por eso, desconocidos compañeros

de esta vida y de este instante,

les agradezco este poco de dinero que me ofrecen,

mas sobre todo, puedo asegurarlo,

les agradezco sus ojos, sus ojos limpios,

y los pies firmes que pisarán estos versos.

Pasen a esta hacienda.

No teman entrar, es suya.

Yo habito esta casa, la construí con versos.

Les advierto tan sólo

que todas sus puertas están abiertas,

y que no quise poner ningún tejado,

y que adentro a veces hace frío

y uno se siente solo,

triste,

horriblemente muerto.

**********

RAYMOND CHANDLER ESCRIBE THE BLUE DHALIA PARA LA PARAMOUNT EN 1945 (APUNTES EN EL MARGEN DE UN GIÓN)

La vida importa, aunque el camino recto acabe siempre en

callejones sin salida.

Importa contar historias, hacer equilibrios sobre la cuerda,

disipar el miedo.

La vida importa, aunque encontremos oasis tan solo de

agua salada, aunque la música que suene sea tan sólo

un baile de burdel.

Importa mantener en pie nuestra palabra, aunque se

tambalee por calles de automóviles oscuros, aunque la

hayamos vendido alguna vez, seguramente por amor,

aunque quién sabe.

La vida importa, la que hacemos nuestra con un amor

acompañándonos a cuya muerte no sobreviviremos tal

y como somos.

Aunque el odio camine con zancos por encima de las

cosas, aunque el amigo de todos sea un vendedor de

cuchillos, aunque tan solo crean a los mismos que

intentan dejarnos ciegos, la vida importa.

Importa su brillo superviviente, su tozudez de alcohólico

irredento.

Aunque el horror no lo disipe el humo, ni el burbon caro,

ni los ojos entreabiertos de la bruma.

Aunque no haya nada que decir, la vida importa.

Aunque sepas que al final todos los hombres mueren

derrotados.

**********

A ÉL le gustaba la niña de la Alameda, así que iba a buscarla

cada noche. Se sentaba en uno de los bancos a una

distancia prudente con un litro de cerveza y se dedicaba

a mirarla todo el tiempo. Aquella niña-mujer con un

abrigo de piel de serpiente blanco. La deseaba con

locura, realmente la deseaba, pero se limitaba a observar

cómo ella subía a los coches de hombres horribles sin

sonreír.

**********

ELLA se empeñaba en escribir con sangre. Comenzó con un

poema, más tarde un cuento. Ahora proyecta escribir

una novela corta, me han dicho. La última vez que la

vi estaba pálida, apenas sonriendo, inerme.

 

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Un pensamiento en “_Los huidos_, de David Eloy Rodríguez

  1. Pingback: David Eloy Rodríguez – La mariposa y la muerte | La rescisión de Platón

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