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¡Mi Plaza Nueva, fría y uniforme,

cuadrado patio de que el arte escapa;

mi Plaza Nueva, puritana y hosca,

tan geométrica!

Tus soportales fueron el abrigo

de mis vagas visiones juveniles,

mientras el cuadro de tu pardo cielo

llovía lúgubre.

En ti a la edad en que el imberbe mozo

ternuras rima, yo en mi mente ansiosa

con abstrusos conceptos erigía

severa fábrica.

Dando vueltas en ti, nunca lo olvido,

discutía del todo y de la nada,

del principio primero de las cosas

y del fin último.

Entre tus casas orvallaba triste,

como si al mundo el cielo aleccionase;

era tu cielo un cielo, hoy lo comprendo,

muy metafísico.

En torno a aquel estanque de las ranas

de metal vomitando el agua a chorros,

se alzaban desterradas las magnolias

soñando a América.

Llegaba primavera con sus flores

y el perfume, recuerdo de la selva,

a embalsamar el patio despedían

las blancas ánforas.

Tiritando las pobres bajo el terco

orvallo, con los trinos se adormían

que entre el verdor de su follaje alzaban

cientos de pájaros.

Así bajo el tedioso sirimiri

que hizo en mi alma caer la parda Lógica

florecieron magnolias que soñaban

la patria mística.

Y me dieron perfumes de la selva

nunca hollada, y los pájaros celestes

bajaron a cantarme en su verdura

de amores trémulos.

¡Mi Plaza Nueva, fría y uniforme;

cuadrado patio de que el arte escapa;

mi Plaza Nueva, puritana y hosca,

mi metafísica!

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