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Texto publicado en Culturamas: http://www.culturamas.es/blog/2014/01/27/david-eloy-rodriguez/

MIENTRAS HAYA LUZ

y párpados capaces de distinguirla,

mientras haya luz,

celebraremos la piel del oso

mientras lo estamos cazando,

agarraremos la sartén

por el fuego,

orinaremos en la metralla.

Porque somos optimistas

como el corazón del asno,

porque somos los ludistas

de la máquina de contar muertos.

Y si no hubiera luz,

si no la hubiera,

buscaríamos un faro

en la tormenta,

haríamos un fuego,

construiríamos la luz.

Dijo una vez el filósofo australiano Andrew Benjamin que cuando uno lee a Heidegger, la vida le cambia por completo. Simplemente, la vida adquiere sentido por sí misma. “El maestro de la Selva Negra” fue reconocido como el filósofo más importante del siglo xx por la originalidad de su pensamiento: escribió sobre lo innombrable, pensó lo impensable, posibilitó lo imposible. Terminó con más de 25 siglos de tradición metafísica liberando al sujeto de las estructuras de la racionalidad y dio paso a un hombre “arrojado al mundo”, responsable de su propia existencia. Ahora el hombre decide, se crea, se hace por sí mismo. “El florecer de la flor”, como el mismo Heidegger lo llamó, la constante superación. Y es a través de las relaciones con los demás y con el mundo como el hombre se hace y crece. A través de ese diálogo, el hombre no solo existe, sino que también ES. Para ello necesita un lenguaje constructivo o poético que exprese su verdadero SER. Además debe ser un lenguaje que cuestione, que busque límites y posibilidades. Esta unión del pensamiento y la poesía se convertirá en la única forma de escapar de la mediocridad, y nos llevará del mero existir al auténtico SER.

Influido por grandes poetas como Heráclito, Hölderling o Rilke, todos importantes en la historia del pensamiento siglos atrás, pero lo que probablemente Heidegger no imaginó es el peso que mantendrían sus palabras tantos años después. Hubiera ampliado su pensar, seguro, a través del trabajo de muchos poetas actuales, dedicados a crear y a transformar, dedicados al ser y a ser. De entre ellos, es necesario destacar la figura de David Eloy Rodríguez, poeta del que se puede afirmar, al igual que del filósofo, que marca y cambia la vida de todo aquel que se adentra en la lectura de sus versos. Un poeta capaz de transformar la escarcha en una hermosa cascada en la que cae el agua tras derretirse y capaz de encontrar motivos por los que asombrarse en los actos más simples y cotidianos, llenando de magia el vivir. En su poesía, las palabras se convierten en Palabra, esa que se hace poética en el poetizar, en la reflexión y en el diálogo. Palabra que se resiste a morir por el acecho y que se adentra en Lo Real, en el verdadero SER, en el encontrarse, en el comprender.

En los poemas de David Eloy se rescata la Palabra propia del mundo griego, la que ellos mismos llamaron logos, esa Palabra creadora y dialógica, la misma que Heráclito consideró como Lo Real, aquella Palabra que necesita escucharse ya que es la que da sentido al devenir que subyace a la existencia. Esa Palabra hoy se ha perdido, ha quedado oculta en la banalidad del existir, pero David Eloy vuelve a retomarla en su fuerza creativa y constructiva, permitiendo al hombre HABITAR el mundo: HABITAR como el vivir bajo el cuidado, el abrigo, el abrazo, vivir bajo el amor.

Además, esa Palabra, con la misma sabiduría que lo propuso Heráclito, al que tanto se acerca la escritura del poeta, a través del juego de contrarios, como origen del método dialéctico, en su poesía se convierte en una nueva propuesta para tiempos de antítesis, para este tiempo de negación que necesita superarse; esa Palabra es el elemento tan necesitado hoy para que se produzca el deseado cambio. Es una Palabra con vida, con fuerza, y que supera los peores momentos del acontecer histórico, transformando y abrigando a todos los que lo habitan.

Un trabajo conmemorable y necesario el de este poeta, que sirve para transformar y transformarnos, para HABITAR bajo el amor y desde el abrazo más cálido, para SER y no perderse en el camino. Un pensador poético del que seguro que Heidegger hubiese aprendido mucho, ya que al igual que él, repetirá otro hecho inédito: recuperar el método de pensamiento de la Antigüedad añadiéndole aspectos personales, propios de su tiempo, que lo hacen actual y, por ello, universal. Admirando esta labor, Hannah Arendt dijo de su profesor que era “el Rey escondido del pensamiento”. Hoy, con la misma admiración, una alumna sin nombre también regala este título al poeta, porque al igual que la misma Hannah Arendt ha encontrado en La Palabra de su profesor el SER, Lo Real, un abrazo, un camino.

Mariló Góngora

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