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 ADICTOS

adición al tigre

que me devora en un abrazo

adicto al tiempo que pasa

por encima de nosotros

como el viajero que visita

el cuarto de su infancia,

adicto a las flores

inútiles de los parques

y al dolor de los cristales

frágiles de la melancolía,

a pedradas con nosotros.

adicto a los hoteles

que dejé sin visitar

con una chica de cintura

perfumada de romance

que no aguarda mi regreso,

adicto a la crueldad

de la actuación inútil

equinocio y escenario

de los llantos

y de las noticias

que no vienen por satélites

adicto a la muchacha

con sangre y barro

en las rodillas,

a las cartas de Praga,

al sur de todas partes,

al desgaste, a la ruptura,

a las cartas de cualquier sitio,

a las naves, al vino abstemio

que regresa en tu recuerdo,

absurdo como la luz oscura

de los cines donde se besan

los amantes, las dudas, los actores.

adicto a las esquinas,

a la imagen deseada,

a las orillas,

al diario de esperanzas

que continuamente escribo

y donde no estoy apuntado.

adicto a un adiós

que recorre el pecho de los pájaros

de aire en aire

hacia los soles

nostálgicos del equinoccio,

adicto a los raíles

por donde circulan

los elefantes ambiciosos

de selva y de sonrisa,

adicto al viento que llevará

nuestros nombres

dentro de muchas esperanzas,

adicto al baile sin ritmo

que bailamos una noche

en otra parte,

adicto a quien me quiso

porque me veo obligado a pedirle

perdón en algún punto,

adicto a todas estas tardes

porque pierden casi todo

de lo que traías

enredado en tus cabellos

tus cabellos

tus cabellos

que todavía recuerdo.

adicto a saber palabras en tu idioma

que es el del silencio

que no comprenden los planetas

porque están equivocados

necios necios necios

no comprenden

adicto a una palabra llena de peces

que ando buscando

y a la frase precisa en los radiadores

y en los aeropuertos,

adicto al mar que yace

en la brusquedad de los latidos

de los cuerpos muertos,

adicto a pisar, pisar tierra freca

y páginas de libros

en ciudades sumergidas,

adicto a los castillos

que me empeñé en buscar

a pesar de las nubladas previsiones,

a las rayas indefinidas

de los televisores averiados,

a los reparadores de estrellas

y de domingos que los lunes

se encierran pesadamente

en los bares donde no cabe

nada más que la tristeza.

adicto a una hora

mirando el reloj invisible

de mi cuerpo

que hace tiempo que no pienso

y que ni falta que hace

tanta palabra que no sirve

salvo para que me veas

con los dedos manchados de tinta y de ilusiones.

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